Réquiem por un quiosco

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Ayer lo desmantelaron. Se lo llevaron pieza a pieza, como lo trajeron, o eso dicen, yo no lo recuerdo. Me refiero a cuando lo trajeron. Para mí siempre ha estado allí. No recuerdo esa plaza sin su quiosco. Había cambiado de manos, supongo, tampoco lo sé seguro, pero siempre había estado allí, al frente  de la plaza, entre varios bares, presidiendo las tertulias, oliendo a café tostado, saboreando pintxos y degustando copitas de Txakoli y Rioja. Pero siempre allí. Impasible y verde.
Hasta ayer.
No fue ninguna sorpresa. Hacía semanas que colgaba un cartel de cerrado por cese. La crisis. Internet. Vaya usted a saber. Lo único seguro es que ayer se lo llevaron.
¿Adónde van los quioscos cuando mueren? Por el barrio, las malas lenguas dicen que a un cielo repleto de periódicos y revistas, algunos crucigramas y muchos cotilleos. Será un cielo con ofertas de películas y videojuegos, paredes empapeladas con portadas de Interviú y películas pornográficas en los escusados. Un cielo lleno de quioscos en el que tendrá prohibida la entrada la conexión Wifi o por cable, para no perturbar el descanso eterno de los finados.
El barrio se ha quedado un poco huérfano, como cuando cerraron la tienda de golosinas de la esquina. Pero enseguida se ha cubierto el hueco vacío: las terrazas ahora tienen más espacio para sillas, mesas y sombrillas.
Todo pasa y todo queda, que dijo aquel. Pasan los quioscos y quedan los periódicos, cada vez menos en papel y más en pantalla. Pero quedan, hasta que también pasen. Porque pasarán, cuando les llegue la hora y asciendan al cielo de los periódicos. O a los infiernos, quién sabe
La plaza, a estas horas, está tranquila. Las terrazas, desiertas. Las aceras, mojadas. Algunos dicen que ayer, mientras lo desmantelaban, llovía. Eso dicen, yo no lo recuerdo.

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